
La inesperada y triste partida de uno de nuestros mejores amigos y excelente Runner, nos entrega muchos mensajes a cada uno de los corredores que constituyen este grupo que en estas circunstancias ha conformado una verdadera familia, mensajes a los que no somos indiferentes, pues nuestro corazón los ha leído bajo un estímulo inusualmente fuerte y controversial.
El primero de ellos es la reiteración de un llamado a la vida, la vida centrada en la simplicidad del ser, donde los seres humanos como nosotros que vivimos bajo presión y códigos del ruido y la prisa en nuestro quehacer diario, debemos procurar a través de nuestra afición, generar espacios de encuentro, afectos, ocio y silencio. Todos ellos inherentes al correr.
Observamos la solidaridad y leal amistad, tantas veces destacadas como virtud de Runner, que emana espontáneamente de hacer una actividad competitiva con nosotros mismos en primera instancia, y que irremediablemente por nuestra naturaleza también con quien corre a nuestro lado, pero así como aparece, de la misma manera desaparece al llegar a la meta. Pudimos esta vez verla de manera muy manifiesta, habla así de la nobleza del corredor, amigo y leal compañero en momentos de enorme pena y tristeza, acompañando a su familia en un duelo tan difícil de sobrellevar.
Correr solo por el amor a hacerlo, hace que nos demos cuenta que la felicidad no tiene nada que ver con el dinero, ni la imagen, sino con la experiencia de participar, colaborar, emprender. Que el contacto con otros corredores sea con propósitos que van más allá de un simple interés personal. Correr nos ayuda a entender el trabajo como una fuente de aprendizaje y realización más allá que una mera forma de ganar dinero. A identificar la riqueza, más allá de las posesiones, con la plenitud y oportunidad de vivir intensamente. A identificar el florecimiento de nosotros como personas en nuestra capacidad de pensar, hacer, crear, desafiar con esa respetuosa insolencia los retos de correr un Ironman, de alcanzar la cumbre de una montaña sobre seis mil metros o de simplemente asumir una maratón al límite.
En definitiva, este golpe tan frío, duro y gris, nos entrega mensajes individuales y familiares, en múltiples planos que debemos saberlos leer con la prudencia y la sabiduría que nos dan muchas maratones. Saber que los hombres somos custodios, y de un protagonismo activo como garantes y agentes evolutivos de la naturaleza, saber que la felicidad está presente en la vida de todos nosotros, que es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias. Saber que somos únicos y nuestro cariño y afecto siempre es necesario para nuestros hijos, que cuando nos vamos antes y de este modo, les dejamos un vacío enorme, desolado, de impacto trascendente y de por vida. Por último a pesar del desconcierto y el dolor, nos enseña a respetar con infinita compasión, una decisión para muchos absurda y sin sentido. Nos hace recordar a quienes amamos la vida y creemos que es la más maravillosa aventura y oportunidad de crecer, que en el contexto del libre albedrío, inherente al Ser solo en esta dimensión, todo depende de nosotros mismos, ganar o perder, claudicar o perseverar, que está en nuestras manos, manejar los talentos con lo que llegamos, con logros que los acrecentan y retribuyen así a esa pequeña luz de virtudes y amor infinitos del soplo divino que somos y guardamos en nuestro interior.
Recordaremos a Roberto en su esencia amable y cordial, que se ganó el cariño y afecto de quienes corrieron con él, pues fue natural y fácil quererlo, por la magia de correr juntos, por haber generado espacios de encuentro, afecto, ocio y silencio; quizás fueron insuficientes, pero de enorme trascendencia para quienes alguna vez partieron y llegaron junto a él.