
Al cuerpo no se le miente, es imposible hacerlo, éste acata y refleja todo lo que nuestra mente en su entorno, piensa, siente y discurre, conciente o inconcientemente.
Esta verdad tan obvia para cualquier corredor experimentado, no se reconoce fuera de las pistas, es más, ni siquiera los corredores tomamos conciencia en otras circunstancias que no sea bajo el efecto de una lesión. Cuando la sufrimos nuestra desformación terrenal nos lleva a buscar razones fisiológicas, físicas o mecánicas. El cuerpo humano es una máquina y laboratorio que se acerca a la perfección, mecánica, física y química. Concebido con enormes holguras y muy sobredimensionado, posee mecanismos de seguridad que se entrelazan, sofisticados sistemas de comunicación inteligentes, memorias y multiprocesadores intercomunicados, complementarios y sinérgicos para realizar labores que estimamos cotidianas y simples.
El cuerpo es capaz de enfermar, asimismo es capaz de sanar.
El tiempo, concepto creado por nosotros como referente en nuestra dimensión, deteriora la máquina maravillosa, el paso de los años lo vamos sintiendo al correr, el cuerpo habla, los corredores hemos debido aprender a escuchar.
El tiempo suele aparecer como el enemigo del cuerpo, así como también podríamos interpretar lo es del alma, pues la ata a una existencia mortal de ignorancia y sufrimiento según tradiciones espirituales. El tiempo es el devorador, el enemigo de todos los seres vivientes – “todas las cosas se deterioran…” fueron las últimas palabras de Buda. Cuando todo lo demás duerme, el tiempo está despierto, destruye así a todas las criaturas, es difícil de vencer e imposible de engañar. Moksha es la liberación de esta fatídica rueda eterna, quien logre hacerlo será un Kalatita, un ser avanzado quien ha trascendido el tiempo – meta u objeto de toda tradición espiritual.
Los corredores estamos dentro de un reducido grupo que enfrentamos al tiempo y su afán destructor, lo abordamos cada mañana al correr, escuchando al cuerpo. Es común olvidarlo, entonces se manifestará con alguna lesión; no acepta no dialogar, tampoco ser ignorado, irreflexivo, poderoso, su silencio habla, no transa, y sus mensajes son sabios, capta sutilmente nuestra realidad y entorno, sobretodo aquella que nos negamos a ver y aceptar.
Lejos de ser un Kalatita, el corredor puede a través de la humildad del entrenamiento lograr cuotas de Moksha verdaderas, permanecer así despierto y atento a la mensajería del sabio poderoso, vehículo maravilloso que nos permite trascender a través de la acción simple y mágica de correr.