viernes, 4 de abril de 2008

El Runner y la Bicicleta


Mi primera bicicleta fue una Centenario aro 26, no era nueva sino refaccionada. La recibí en herencia de mi hermano mayor, vestida de distintos verdes en tonalidades parecidas, cada capa de pintura guardaba el recuerdo de las distintas navidades en que Papá la refaccionó con más cariño que dinero, reponiendo frenos y lo mecánicamente elemental.
A lo menos dos años tardé en usarla de manera normal, pedaleaba por bajo el fierro superior del marco, era muy grande y pesaba no menos de 18 kilos, no tenía cambios ni tapabarros lo que jamás me importó, siempre había algún recurso para frenar aunque estos elementos no funcionaran. Mis pantalones de colegio se reconocían por la mancha negra en la pierna derecha a la altura del tobillo. Recorríamos caminos de ripio, con cuestas sinuosas y empinadas en tardes de verano que jamás terminaban. Quizás era el pueblo donde transcurrió mi infancia donde todo era más lento, me parece haber podido sentir con detención el viento y las nubes migrando lentamente de este a oeste a en el marco de un cielo nítidamente azul. Allí reiteradas veces la “chancha” nos llevó a donde estuviésemos mirando.
Cuando comenzamos a correr adoptamos la bicicleta como una hija, de segunda ya que somos runners, pero hija al fin o hermana quizás. Farellones ha sido y es nuestro destino más común, Valle Nevado un par de veces para ponerlo más difícil. La carretera vino posteriormente cuando algún ciclista más sofisticado nos integró al plano, anticipadamente para quienes incursionamos en triatlón alguna vez.
El mundo de la ruta es muy particular y sabroso. Existen las carreras laborales que reúnen a grupos de no menos de 500 ciclistas en carreteras y caminos secundarios en los alrededores de Santiago. La inscripción se lleva a cabo en el lugar de la partida, una señora con sobrepeso te inscribe en la categoría que su sabio ojo tasador le indica; Aficionado solamente - afirma, sensando VO2, porcentaje de grasa y umbral aeróbico en una sola mirada, tan certera como su cálculo del kilo que acostumbra a vender en la semana en su oficio de comerciante libre. Una vez en la ruta el grupo es compacto y silencioso, no es necesario hablar para entender el ritmo, cadencia y velocidad; rodar por el asfalto sintiendo la música de cadena y piñones, para lograr velocidades que individualmente no son posibles, el grupo lo permite y da espacio a participantes que corren con más oficio que estado físico y en una bicicleta pariente directa de mi Centenario verde.
La bicicleta ha sido la hermana que me ha acompañado en una larga convalecencia de mis rodillas y sentimientos y será sin duda la que venga a llenar el vacío de muchos runners que no puedan correr con la intensidad de antes; las sensaciones son distintas pero tienen en común el sentimiento de libertad, el roce del viento en los oídos de la repetición o el intervalo, y muchas otras sensaciones del corredor en competencia. La dificultad para entrenar es un tema no menor en esta ciudad que no deja espacio al ciclista, por lo que la ruta es una opción válida a pesar de sus riesgos. Allí aprendí de los descensos, que es similar a volar bajo, que los sueños y emociones tienen un espacio rodando a 35 kilómetros por hora, que la amistad de runner también se encuentra en ciclistas de la carretera. También el espíritu competitivo y solidario en una sola cara. Sólo un elemento importante adicional puedo asegurar que tiene el ciclismo en relación al running, la bicicleta es como la vida, si uno deja de pedalear se cae, a diferencia de andar corriendo por la calle, que si uno no corre más, sólo queda desorientado, a estas alturas no sé bien que es peor.
No paremos de correr o pedalear queridos Runners, así nos encantamos con la vida y la gran oportunidad de vivirla como hasta hoy lo hemos hecho.

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