Editorial Revista Runners News - Santiago Runners
Una grata tarde de domingo en primavera, observé a mi perro que dormía a mi lado, y a sus pulgas que viajaban permanentemente con él. Me acordé del cuento del adiestrador de pulgas quien con gran dosis de paciencia enseñaba a saltar a un grupo de pulgas, éstas llegaban a saltar muy alto como lo hacía en su juventud el Pato Goycoolea, en un deporte tan extraño como correr por la calle. El adiestrador entrenaba a ocho pulgas, todas ellas capaces de saltar hasta 18 cms., habían oportunidades que algunas saltaban hasta 20, y otras habían alcanzado los 25 cms.
Cuenta la historia que al terminar el día, las metió dentro de una caja, tapándolas para que no se escaparan.
Transcurrió casi una semana en que sus 8 alumnas estuvieron encerradas, al destapar la caja se encontró con una sorpresa importante. Las pulgas ahora saltaban todas solo 9 centímetros, que era la altura de la caja donde las había puesto. Pasaron muchas semanas y las pulgas continuaron saltando exactamente 9 centímetros, la altura de su caja-dormitorio, a tal grado que en lo sucesivo ya no se hizo necesario poner la tapa.
Así es el ser humano, que al igual que las pulgas adiestradas, parecidas a las de mi perro Chicoberto, limitamos nuestras capacidades con las gruesas paredes de la fuerza y la costumbre, con techos que no son otra cosa que paradigmas, las impone la naturaleza humana, la sociedad y nuestros miedos. Así nos convencemos de los límites de nuestros talentos, y vivimos resignados a solo 9 centímetros, pues pensamos y nos convencemos que si saltamos más de 9 nos azotaremos la cabeza. Muchas instituciones de nuestra sociedad, han comprendido astutamente que para manejar individuos como masas solo hay que poner una tapa superior, techo constituido por las más sutiles mezclas de temores y culpas.
Correr solo por el amor a hacerlo, nos entrega una enseñanza fundamental, vamos descubriendo que nuestros talentos pueden no tener tales límites, que si nos comprometemos y nos hacernos cargo, podemos llegar hasta donde nuestra imaginación nos lleve. Hacernos cargo por ejemplo del compromiso con nuestro programa de entrenamiento, hacerse cargo es la base del coraje, y casi inconscientemente reparamos que haciéndonos cargo hacemos crecer en nuestro interior al coraje y no a la cobardía, ambos son hijos del miedo. No olvidemos que el miedo ataca nuestra debilidad y se debe enfrentar con fortaleza y convicción. Al cumplir responsablemente con un programa de entrenamiento metódico y sistemático optamos a superar lo que creemos son nuestros límites. El temor y miedo son cobardes y mentirosos, quieren vernos débiles, y solo el enfrentarlo nos hace fuerte. El miedo hay que admitirlo y comprenderlo, pero nunca rendirse ante el, dicen que hay que ponerle nombre, así lo convertimos en un problema, y como es sabido, todo problema tiene solución, es por lo demás más fácil resolver un problema que enfrentar al miedo.
Ningún Runner que haya enfrentado una maratón puede negar que enfrentó en ella a una enseñanza de vida, desde que decidió asumir el desafío, cuyo objetivo tuvo nombre y fecha de vencimiento, no hizo otra cosa que concentrar en pocos meses, una muestra y reflejo de lo que enfrentamos cuando venimos a este mundo. En el camino nos dimos cuenta de las bondades y progresos de perseverar, también nos dimos cuenta de los paradigmas con los que vivimos en esta caja de cartón de paredes y techo estrechos que la sociedad donde estamos insertos, nuestra naturaleza y los temores, miedos y culpas con las que crecemos nos imponen, después de mi primera maratón, y haber comprendido y vivir el sentimiento del profundo significado de correr solo por el amor a hacerlo, pude comprender que estoy aquí para desarrollar los talentos que Dios me entregó y encomendó optimizar, para así poder retribuirle el regalo de la vida.
Así somos los Runners, un grupo privilegiado de personas comunes, con temores, miedos y culpas, que encontramos un camino sencillo para superarlas, superándonos a través de la voluntad, del orden, la autodisciplina, el esfuerzo y magia encantada de correr solo por amor. Es una muestra más de cómo en la sencillez de una acción que se hace con amor, abre y hace caer las paredes y techos de los paradigmas del ser humano.
Un perro pulgento como Chicoberto, el cuento del encantador de pulgas, la imagen de un saltador del alto como Pato Goycoolea, nueve centímetros de altura, los paradigmas de azotarnos la cabeza, y nuestra rara afición de correr maratones, han sido una buena mixtura para pensar en el más hermoso de los milagros, que es aquel que ocurre cuando alguien produce cambios en si mismo que creía imposibles de realizar.
Lo dijo Julio Calisto al correr el Ironman de Hawaii, después de haber vencido la más dura prueba del planeta, lo dijo también este año Santiago Gordon, José Luis González, Eduardo Briones e Ignacio Achondo después de terminar Washington y Nueva York en la misma semana, lo repitió Alejandro Ulloa 25 veces y además en todas y cada una de sus muchas llegadas en el primer lugar, Ramón Eluchans al terminar por décima vez Nueva York, lo hemos dicho todos y lo dirá todo corredor que cruza la meta no importando el reloj.
Que hermoso es el regalo de la vida, que bueno es ser un runner

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