Historia era un ramo que en el colegio siempre lo tenía atravesado pues había que leer, se enseñaba de manera sistemática y casi mecánica, los libros no tenían dibujos ni fotografías que corroboraran lo que mi imaginación dibujaba, y además mis profesores de historia solían ser gente plana, solo a fines de la educación media tuve la suerte de tener un cura atípico que vivía la historia con pasión y sin textos, gracias a este religioso Marista con nombre planetario, (Hermano Marciano) llegué a entender su importancia y cómo los hechos, cual hojarascas, uno sobre otro en el horizonte del tiempo van conformando esta torta tridimensional en que se convierten las vivencias y hechos, que explican la cultura y el comportamiento de pueblos y comunidades.
Los historiadores son gente curiosa que investiga y observa el acontecer para relatarlo, a veces no tan objetivamente sin embargo en el muy largo plazo, la mirada es más fría e imparcial. Los mejores historiadores son los que efectivamente logran vivir intensamente episodios puntuales en un contexto y trayectoria de conductas, hechos y anécdotas que reflejen la esencia de éstos en el entorno del momento, lo hacen con entusiasmo y pasión.
El runner va construyendo su historia deportiva con cada maratón y cada carrera, no hay quien no recuerde con detalle cada una de ellas, la partida, el recorrido y sus tiempos, y desde luego una buena explicación de estos resultados en los volúmenes y calidad del entrenamiento previo.
En un grato almuerzo de este comité Editorial con Enrique Urrejola descubrimos que al igual que el religioso Marista con nombre gentilicio de Marte, que nuestro ex presidente vive la historia de cada carrera con pasión y sin textos, la dibuja en su perfecto entorno y se hace acompañar con quienes participaron, su privilegiada memoria, cuya fortaleza se ha trabajado en el tiempo con la disciplina de un buen corredor, le permite recordar además los mejores tiempos en diferentes carreras de muchos de nosotros y anécdotas que acompañaron esa y otras aventuras de cada hojarasca que hemos vivido juntos.
Así vamos construyendo nuestra propia historia de runner, siendo cada cual responsable por lo que realizó y dejó de realizar, podemos estructurar nuestro historial, analizar en tres dimensiones la gran torta de hojarasca que una a una ha ido conformando una cultura encantadora, que ha perfilado nuestro carácter, que ha proyectado sus conclusiones a la vida cotidiana, a la rutina del devenir del día a día familiar, a la formación en el ejemplo de disciplina y esfuerzo para nuestros hijos, a la aplicación de las lecciones aprendidas de logros y frustraciones en nuestro trabajo, finalmente también proyectarla en una forma de vida especial que ha sido transversal en todas las actividades de nuestra vida.
Cada runner teje su historia sin la voluntad expresa de hacerlo, y lo hace solo al correr, a veces ésta la encontramos con esmerado detalle en cuadernos donde se anota el entrenamiento diario de más de 20 años, como los de Ricardo Montero; a veces la guarda un amigo con alma de historiador apasionado, Enrique Urrejola sabía con exactitud la carrera de mi marca mejor de 37 en los 10K, a veces se nos ocurre volver la cabeza al mirar por el retrovisor, juntar las hojarascas una a una y observar la sabiduría de la torta que hemos construido corriendo día a día; mirar lo que nuestros hijos ya crecidos han recogido de esta forma de vida en su comportamiento natural.
El pasado domingo de ramos 6 de abril en la Maratón de Santiago, con muy poco entrenamiento y algún sobrepeso, corrí en 48 minutos los 10K, un ritmo bajo 5, cuya hojarasca guarda el encanto de compartir con mis amigos runners en la partida, de pasar por la misma avenida Brasil donde vivían mis abuelos en los años 50, de vivir una fiesta con más de 20 mil corredores, de volver a casa muy feliz con mi número para que lo guarde Benjamín, mi hijo de 3 años que en su infinita curiosidad infantil, me pidió toda la semana ir a buscar su número para mañana correr conmigo.
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